LOS
VEINTE POEMAS
1
Cuerpo de mujer,
blancas colinas, muslos
blancos,
te pareces al mundo
en tu actitud de entrega.
Mi cuerpo de labriego
salvaje te socava
y hace saltar el hijo
del fondo de la tierra.
Fui sólo como un
túnel. De mi huían los pájaros
y en mí la noche
entraba su invasión poderosa.
Para sobrevivirme te
forjé como un arma,
como una flecha en mi
arco, como una piedra en
mi honda.
Pero cae la hora de
la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de
musgo, de leche ávida y firme.
¡Ah los vasos del
pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
¡Ah las rosas del
pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste!
Cuerpo de mujer mía,
persistiré en tu gracia.
¡Mi sed, mi ansia sin
límite, mi camino indeciso!
Oscuros cauces donde
la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y
el dolor infinito. (p.117)
2
En su llama mortal la
luz te envuelve.
Absorta, pálida
doliente, así situada
contra las viejas
hélices del crepúsculo
que en torno a ti da
vueltas.
Muda, mi amiga,
sola en lo solitario
de esta hora de muertes
y llena de las vidas
del fuego,
pura heredera del día
destruido.
Del sol cae un racimo
en tu vestido oscuro.
De la noche las
grandes raíces
crecen de súbito
desde tu alma,
y a lo exterior
regresan las cosas en ti ocultas,
de modo que un pueblo
pálido y azul
de ti recién nacido
se alimenta.
Oh grandiosa y
fecunda y magnética esclava
del círculo que en
negro y dorado sucede:
erguida, trata y
logra una creación tan viva
que sucumben sus
flores, y llena es de tristeza. (p. 118)
3
Ah vastedad de pinos,
rumor de olas
quebrándose,
lento juego de luces,
campana solitaria,
crepúsculo cayendo en
tus ojos, muñeca,
caracola terrestre,
¡en ti la tierra canta!
En ti los ríos cantan
y mi alma en ellos huye
como tú lo desees y
hacia donde tú quieras.(p.118)
Márcame mi camino en
tu arco de esperanza
y soltaré en delirio
mi bandada de flechas.
En torno a mi estoy
viendo tu cintura de niebla
y tu silencio acosa
mis horas perseguidas,
y eres tú con tus
brazos de piedra transparente
donde mis besos
anclan y mi húmeda ansia anida.
¡Ah tu voz misteriosa
que el amor tiñe y dobla
en el atardecer
resonante y muriendo!
Así en horas
profundas sobre los campos he visto
doblarse las espigas
en la boca del viento. (p. 119)
4
Es la mañana llena de
tempestad
en el corazón del
verano.
Como pañuelos blancos
de adiós viajan las nubes,
el viento las sacude
con sus viajeras manos.
Innumerable corazón
del viento
latiendo sobre
nuestro silencio enamorado.
Zumbando entre los
árboles, orquestal y divino,
como una lengua llena
de guerras y de cantos.
Viento que lleva en
rápido robo la hojarasca
y desvía las flechas
latientes de los pájaros.
Viento que la derriba
en ola sin espuma
y sustancia sin peso,
y fuegos inclinados. (p. 119)
Se rompe y se sumerge
su volumen de besos
combatido en la puerta
del viento del verano. (p. 120)
5
Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de
las gaviotas en las playas.
Collar, cascabel
ebrio
para tus manos suaves
como las uvas.
Y las miro lejanas
mis palabras.
Más que mías son
tuyas.
Van trepando en mi
viejo dolor como las yedras.
Ellas trepan así por
las paredes húmedas.
Eres tú la culpable
de este juego sangriento.
Ellas están huyendo
de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú,
todo lo llenas.
Antes que tú poblaron
la soledad que ocupas,
y están acostumbradas
más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que
digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas
como quiero que me oigas.
El viento de la
angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños
aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces
en mi voz dolorida.
Llanto de viejas
bocas, sangre de viejas súplicas. (p. 120)
Ámame, compañera. No
me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera,
en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo
con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo
lo ocupas.
Voy haciendo de todas
un collar infinito
para tus blancas
manos, suaves como las uvas. (p. 121)
6
Te recuerdo como eras
en el último otoño.
Eras la boina gris y
el corazón en calma.
En tus ojos peleaban
las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en
el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos
como una enredadera,
las hojas recogían tu
voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en
que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul
torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus
ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de
pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban
mis profundos anhelos
y caían mis besos
alegres como brasas.
Cielo desde un navío.
Campo desde los cerros:
¡Tu recuerdo es de
luz, de humo, de estanque en
calma!
Más allá de tus ojos
ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño
giraban en tu alma. (p. 121)
7
Inclinado en las
tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.
Allí se estira y arde
en la más alta hoguera
mi soledad que da
vuelta los brazos como un
náufrago.
Hago rojas señales
sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar
a la orilla de un faro.
Sólo guardas
tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a
veces la costa del espanto.
Inclinado en las
tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude
tus ojos oceánicos.
Los pájaros nocturnos
picotean las primeras
estrellas
que centellean como
mi alma cuando te amo.
Galopa la noche en su
yegua sombría
desparramando espigas
azules sobre el campo.(p. 122)
8
Abeja blanca zumbas,
ebria de miel, en mi alma
y te tuerces en
lentas espirales de humo.
Soy el desesperado,
la palabra sin ecos,
el que lo perdió
todo, y el que todo lo tuvo.
Última amarra, cruje
en ti mi ansiedad última.
En mi tierra desierta
eres la última rosa. (p.122)
¡Ah silenciosa!
Cierra tus ojos
profundos. Allí aletea la noche.
Ah desnuda tu cuerpo
de estatua temerosa.
Tienes ojos profundos
donde la noche alea.
Frescos brazos de
flor y regazo de rosa.
Se parecen tus senos
a los caracoles blancos.
Ha venido a dormirse
en tu vientre una mariposa
de sombra.
¡Ah silenciosa!
He aquí la soledad de
donde estás ausente.
Llueve. El viento del
mar caza errantes gaviotas.
El agua anda descalza
por las calles mojadas.
De aquel árbol se
quejan, como enfermos, las
hojas.
Abeja blanca,
ausente, aún zumbas en mi alma.
Revives en el tiempo,
delgada y silenciosa.
¡Ah silenciosa! (p.
123)
9
Ebrio de trementina y
largos besos,
estival, el velero de
las rosas dirijo,
torcido hacia la
muerte del delgado día,
cimentado en el
sólido frenesí marino. (p. 123)
Pálido y amarrado a
mi agua devorante
cruzo en el agrio
olor del clima descubierto,
aún vestido de gris y
sonidos amargos,
y una cimera triste
de abandonada espuma.
Voy, duro de
pasiones, montado en mi ola única,
lunar, solar,
ardiente y frío, repentino,
dormido en la
garganta de las afortunadas
islas blancas y
dulces como caderas frescas.
Tiembla en la noche
húmeda mi vestido de besos
locamente cargado de
eléctricas gestiones,
de modo heroico
dividido en sueños
y embriagadoras rosas
practicándose en mí.
Aguas arriba, en
medio de las olas externas,
tu paralelo cuerpo se
sujeta en mis brazos
como un pez
infinitamente pegado a mi alma
rápido y lento en la
energía subceleste. (p. 124)
10
Hemos perdido aun
este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde
con las manos unidas
mientras la noche
azul caía sobre el mundo.
He visto desde mi
ventana
la fiesta del
poniente en los cerros lejanos.
A veces como una
moneda
se encendía un pedazo
de sol entre mis manos.
Yo te recordaba con
el alma apretada
de esa tristeza que
tú me conoces. (p. 124)
Entonces, ¿dónde
estabas?
¿Entre qué gentes?
Diciendo ¿qué
palabras?
¿Por qué se me vendrá
todo el amor de golpe
cuando me siento
triste, y te siento lejana?
Cayó el libro que
siempre se toma en el
crepúsculo,
y como un perro
herido rodó a mis pies mi capa.
Siempre, siempre te
alejas en las tardes
hacia donde el
crepúsculo corre borrando
estatuas. (p. 125)
11
Casi fuera del cielo
ancla entre dos montañas
la mitad de la luna.
Girante, errante
noche, la cavadora de ojos.
A ver cuántas
estrellas trizadas en la charca.
Hace una cruz de luto
entre mis cejas, huye.
Fragua de metales
azules, noches de las calladas
luchas,
mi corazón da vueltas
como un volante loco.
Niña venida de tan
lejos, traída de tan lejos,
a veces fulgurece su
mirada debajo del cielo.
Quejumbre, tempestad,
remolino de furia,
cruza encima de mi
corazón, sin detenerte.
Viento de los
sepulcros acarrea, destroza, dispersa
tu raíz soñolienta.
Desarraiga los
grandes árboles al otro lado de ella. (p. 125)
Pero tú, clara niña,
pregunta de humo, espiga.
Era la que iba
formando el viento como hojas
iluminadas.
Detrás de las
montañas nocturnas, blanco lirio de
incendio,
¡ah nada puedo decir!
Era hecha de todas las
cosas.
Ansiedad que partiste
mi pecho a cuchillazos,
es hora de seguir
otro camino, donde ella no
sonría.
Tempestad que enterró
las campanas, turbio
revuelo de tormentas
para qué tocarla
ahora, para qué entristecerla.
Ay seguir el camino
que se aleja de todo,
donde no esté
atajando la angustia, la muerte, el
invierno,
con sus ojos abiertos
entre el rocío. (p. 126)
12
Para mi corazón basta
tu pecho,
Para tu libertad
bastan mis alas.
Desde mi boca llegará
hasta el cielo
lo que estaba dormido
sobre tu alma.
Es en ti la ilusión
de cada día.
Llegas como el rocío
a las corolas.
Socavas el horizonte
con tu ausencia.
Eternamente en fuga
como la ola.
He dicho que cantabas
en el viento
como los pinos y como
los mástiles. (p. 126)
Como ellos eres alta
y taciturna.
Y entristeces de
pronto, como un viaje.
Acogedora como un
viejo camino.
Te pueblan ecos y
voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces
emigran y huyen
pájaros que dormían
en tu alma. (p.127)
13
He ido marcando con
cruces de fuego
el atlas blanco de tu
cuerpo.
Mi boca era una araña
que cruzaba
escondiéndose.
En ti, detrás de ti,
temerosa, sedienta.
Historias que
contarte a la orilla del crepúsculo
muñeca triste y
dulce, para que no estuvieras
triste.
Un cisne, un árbol,
algo lejano y alegre.
El tiempo de las
uvas, el tiempo maduro y frutal.
Yo que viví en un
puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de
sueño y de silencio.
Acorralado entre el
mar y la tristeza.
Callado, delirante,
entre dos gondoleros
inmóviles.
Entre los labios y la
voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de
pájaro, algo de angustia y de
olvido.
Así como las redes no
retienen el agua.
Muñeca mía, apenas
quedan gotas temblando. (p. 127)
Sin
embargo, algo canta entre estas palabras
fugaces.
Algo
canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh
poder celebrarte con todas la palabras de
alegría.
Cantar, arder, huir, como un campanario en las
manos de un loco.
Triste
ternura mía, ¿qué te haces de repente?
Cuando
he llegado al vértice más atrevido y
frío
mi
corazón se cierra como una flor nocturna.
(p. 128)
14
Juegas
todos los días con la luz del universo.
Sutil
visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres
más que esta blanca cabecita que aprieto
como
un racimo entre mis manos cada día.
A
nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame
tenderte entre guirnaldas amarillas.
¿Quién
escribe tu nombre con letras de humo
entre las estrellas del sur?
Ah
déjame recordarte cómo eras entonces,
cuando aún no existías.
De
pronto el viento aúlla y golpea mi ventana
cerrada.
El
cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí
vienen a dar todos los vientos, todos.
Se
desviste la lluvia.
Pasan
huyendo los pájaros.
El viento. El
viento. (p. 128)
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los
hombres.
El
temporal arremolina hojas oscuras
y
suelta todas las barcas que anoche amarraron al
cielo.
Tú
estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú
me responderás hasta el último grito.
Ovíllate
a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin
embargo alguna vez corrió una sombra extraña
por tus ojos.
Ahora,
ahora también, pequeña, me traes
madreselvas,
y
tienes hasta los senos perfumados.
Mientras
el viento triste galopa matando mariposas
yo
te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.
Cuánto
te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a
mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos
ahuyentan.
Hemos
visto arder tantas veces el lucero
besándonos los ojos.
y
sobre nuestras cabezas destorcerse los
crepúsculos en abanicos girantes.
Mis
palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé
desde hace tiempo tu cuerpo de nácar
soleado.
Hasta
te creo dueña del universo.
Te
traeré de las montañas flores alegres,
copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de
besos.
Quiero
hacer contigo
lo
que la primavera hace con los cerezos. (p. 129)
15
Me
gusta cuando callas porque estás como
ausente,
y
me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece
que los ojos se te hubieran volado
y
parece que un beso te cerrara la boca.
Como
todas las cosas están llenas de mi alma
emerges
de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa
de sueño, te pareces a mi alma,
Y
te pareces a la palabra melancolía.
Me
gustas cuando callas y estás como distante.
Y
estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y
me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame
que me calle con el silencio tuyo.
Déjame
que te hable también con tu silencio
claro
como una lámpara, siempre como un anillo.
Eres
como la noche, callada y constelada.
Tu
silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me
gustas cuando callas porque estas como
ausente.
Distante
y dolorosa como si hubieras muerto.
Una
palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y
estoy alegre, alegre de que no sea cierto. (p. 130)
16
Paráfrasis a R. Tagore
En
mi cielo al crepúsculo eres como una nube
y
tu color y tu forma son como yo los quiero.
Eres
mía, eres mía, mujer de labios dulces
y
viven en tu vida mis infinitos sueños.
La
lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
el
agrio vino mío es más dulce en tus labios,
¡oh
segadora de mi canción de atardecer,
cómo
te sienten mía mis sueños solitarios!
Eres
mía, eres mía, voy gritando en la brisa
De
la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
Cazadora
del fondo de mis ojos, tu robo
estanca
como el agua tu mirada nocturna.
En
la red de mi música estás presa, amor mío,
y
mis redes de música son anchas como el cielo.
Mi
alma nace a la orilla de tus ojos de luto.
En
tus ojos de luto comienza el país del sueño. (p. 131)
17
Pensando,
enredando sombras en la profunda
soledad.
Tú
también estás lejos, ah más lejos que nadie.
Pensando,
soltando pájaros, desvaneciendo
imágenes,
enterrando
lámparas.
Campanario
de brumas, ¡qué lejos, allá arriba! (p.
131)
Ahogando
lamentos, moliendo esperanzas
sombrías,
molinero
taciturno,
se
te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.
Tu
presencia es ajena, extraña a mí como una
cosa.
Pienso,
camino largamente, mi vida antes de ti.
Mi
vida antes de nadie, mi áspera vida.
El
grito frente al mar, entre las piedras,
corriendo
libre, loco, en el vaho del mar.
La
furia triste, el grito, la soledad del mar.
Desbocado,
violento, estirado hacia el cielo.
¿Tú,
mujer, qué eras allí, qué raya, que varilla
de
ese abanico inmerso? Estabas lejos como
ahora.
¡Incendio
en el bosque! Arde en cruces azules.
Arde,
arde, llamea, chispea en árboles de luz.
Se
derrumba, crepita. Incendio. Incendio.
Y
mi alma baila herida de virutas de fuego.
¿Quién
llama? ¿Qué silencio poblado de ecos?
Hora
de la nostalgia, hora de la alegría,
hora de la
soledad,
¡hora
mía entre todas!
Bocina
en que el viento pasa cantando.
Tanta
pasión de llanto anudada en mi cuerpo.
Sacudida
de todas las raíces,
¡asalto
de todas las olas!
Rodaba,
alegre, triste, interminable, mi alma.
Pensando,
enterrando lámparas en la profunda
soledad.
¿Quién
eres tú, quién eres? (p. 132)
18
Aquí
te amo.
En
los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece
la luna sobre las aguas errantes.
Andan
días iguales persiguiéndose.
Se
desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una
gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A
veces una vela. Altas, altas estrellas.
O
la cruz negra de un barco.
Solo.
A
veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena,
resuena el mar lejano.
Este
es un puerto.
Aquí
te amo.
Aquí
te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te
estoy amando aún entre estas frías cosas.
A
veces van mis besos en esos barcos graves,
que
corren por el mar hacia donde no llegan.
Ya
me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son
más tristes los muelles cuando atraca la
tarde.
Se
fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo
lo que no tengo. Estás tú tan distante.
Mi
hastió forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero
la noche llega y comienza a cantarme.
La
luna hace girar su rodaje de sueño.
Me
miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y
como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren
cantar tu nombre con las hojas de
alambre. (p.133)
19
Niña
morena y ágil, el sol que hace las
frutas,
el
que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
hizo
tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos
y
tu boca que tiene la sonrisa del agua.
Un
sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras
de
la negra melena, cuando estiras los brazos.
Tú
juegas con el sol como con un estero
y
él te deja en los ojos dos oscuros remansos.
Niña
morena y ágil, nada hacia ti me acerca.
Todo
de ti me aleja, como del mediodía,
la
embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.
Mi
corazón sombrío te busca, sin embargo,
y
amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
Mariposa
morena dulce y definitiva
como
el trigal y el sol, la amapola y el agua. (p. 134)
20
Puedo
escribir los versos más tristes está noche.
Escribir,
por ejemplo: “La noche está estrellada,
y
tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El
viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo
escribir los versos más tristes está noche.
Yo
lo quise, y a veces ella también me
quiso. (p. 134)
En
las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La
besé tantas veces bojo el cielo infinito.
Ella
me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo
no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo
escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar
que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír
la noche inmensa, más intensa si ella.
Y
el verso cae al alma como a pasto el rocío.
Qué
importa que mi amor no pudiera guardarla.
La
noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso
es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi
alma no se contenta con haberla perdido.
Como
para acercarla mi mirada la busca.
mi
corazón la, y ella no está conmigo.
La
misma noche que hace blanquear los mismos
árboles.
Nosotros,
los de entonces, ya no somos los
mismos.
Ya
no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi
voz buscaba el viento para tocar su oído.
De
otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su
voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya
no la quiero, es cierto; pero tal vez la quiero.
Es
tan corto el amor, y es tan largo el olvido. (p. 135)
Porque
en noches, como ésta tuve la tuve en mis
brazos,
mi alma no se
contenta con haberla perdido.
Aunque
éste sea el último dolor que ella me
causa,
y
éstos sean los últimos versos que yo le escribo. (p. 136)
LA
CANCIÓN DESESPERADA
Emerge
tu recuerdo de la noche en que estoy.
El
río anuda al mar su lamento obstinado.
Abandonado
como los muelles en el alba-
Es
la hora de partir, ¡oh, abandonado!
Sobre
mi corazón llueven frías corolas.
¡Oh
sentina de escombros, feroz cueva de
náufragos!
En
ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De
ti alzaron las alas los pájaros del canto.
Todo
lo tragaste, como la lejanía.
Como
el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue
naufragio!
Era
la alegre hora del asalto y el beso.
La
hora del estupor que ardía como un faro.
Ansiedad
de piloto, furia de buzo ciego,
turbia
embriaguez de amor, ¡todo en ti fue
naufragio!
En
la infancia de niebla mi alma alada y herida.
Descubridor
perdido, ¡todo en ti fue naufragio!
Te
ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te
tumbó la tristeza, ¡todo en ti fue naufragio.
Hice
retroceder la muralla de sombra,
anduve
más allá del deseo y del acto. (p. 137)
Oh
carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
a
ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.
Como
un vaso albergaste la infinita ternura,
y
el infinito olvido te trizó como a un vaso.
Era
la negra, la negra soledad de las islas,
y
allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.
Era
la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
Era
el duelo y las ruinas, y tú fuiste el
milagro.
¡Ah
mujer, no sé cómo pudiste contenerme
en
la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!
Mi
deseo de ti fue el más terrible y corto,
el
más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.
Cementerio
de besos, aún hay fuego en tus
tumbas.
Aún
los racimos arden picoteando de pájaros.
Oh
la boca mordida, o los besados miembros,
Oh
los hambrientos dientes, oh los cuerpos
Trenzados.
Oh
la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en
que nos anudamos y nos desesperamos.
Y
la ternura, leve como el aguay la harina.
Y
la palabra apenas comenzada en los labios.
Ése
fue mi destino y en él viajo mi anhelo,
Y
en él cayo mi anhelo, ¡todo en ti fue naufragio! (p. 138)
Oh
sentina de escombros, en ti todo caía,
qué
dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.
De
tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.
De
pie como un marino en la proa de un barco.
Aun
floreciste en cantos, aún rompiste en
corrientes.
Oh
sentina de escombros, pozo abierto y amargo.
Pálido
buzo ciego, desventurado hondero,
Descubridor
perdido, ¡todo en ti fue naufragio!
Es
la hora de partir, la dura y fría hora
que
la noche sujeta a todo horario.
El
cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
Surgen
frías estrellas, emigran negros pájaros.
Abandonado
como los muelles en el alba.
Sólo
la sobra trémula se retuerce en mis manos.
Ah
más allá de todo. Ah más allá de todo.
Es
la horade partir. ¡Oh abandonado! (p. 139)
“Los veinte poemas”
en Pablo Neruda, Antología, Tomo I, Recopilada por Isidora Aguirre, 3ª, Bibliográfica Internacional, Barcelona,
España, 2002, ISBN: 956-7240-43-4. De la
p. 117 a la 139.